lunes, 12 de agosto de 2013

La reforma energética. La privatización de lo público


No se miente cuando se dice que la reforma energética presentada por Peña Nieto no privatizará el petróleo o PEMEX. Tanto el recurso natural, como la empresa, que es una de las más importantes que ha tenido el país, seguirán siendo de los mexicanos. Esta verdad no inventada, repetida hasta el cansancio, pretende convertirse en el contenido de la iniciativa presentada por el ejecutivo para asi olvidar el fondo de toda la reforma: la privatización de la industria petrolera.
Es bien conocido que el beneficio económico más importante, al menos dentro del modelo económico que reproducimos, no se encuentra en la materia prima, sino en el procesamiento de ésta para crear un producto de consumo. Es decir que la ganancia está en el trabajo hecho sobre la materia prima y no sobre ésta por si misma.
Así es como se ha abierto la brecha económica entre los países centrales y los periféricos. Los periféricos son una especie de espacios abundantes en recursos primarios y fuerza de trabajo barata que tienen abiertas sus fronteras mediante leyes y tratados que los vuelven potenciales puntos de inversión de capital, mientras que en los centrales se concentran las matrices de las gigantescas empresas trasnacionales más importantes del globo desde donde se decide la inyección de capital, decisión que redunda en la estabilidad económica del país en el que se invierte. Mientras las empresas trasnacionales generan ganancias por medio del procesamiento de las materias primas, los gobiernos de los países periféricos se vinculan con las empresas y las zonas centrales por medio de relaciones de dependencia. Los países periférifericos al estar excluidos de la panacea del mejoramiento tecnológico están indefinidamente obligados a vender sus materias primas, sin procesamiento, y sobrevivir en el intento.
La hasta ahora redacción de la Constitución de México impide la participación del sector privado en la actividad petroquímica básica, el procesamiento del gas natural, la refinación del petróleo, y el transporte, la distribución y la comercialización del petróleo y el gas. Es decir, el Estado concentra la capacidad de generar los productos de consumo que originan la ganancia más fuerte sobre los recursos naturales mencionados.
El monopolio estatal de este sector productivo estratégico tiene una relevancia primordial para la consumación de políticas públicas. PEMEX al tener la exclusiva capacidad de originar los productos de consumo asegura de manera tajante que la ganancia generada por estos es de orden púbico, es decir, la ganancia que la empresa paraestatal origina es de los mexicanos, consecuencia del trabajo sobre los recursos naturales del país.
Las ganancias, al ser de orden público, se vuelven recursos potenciales para mejorar los servicios públicos de educación, salud, seguridad social, comunicación. Se vuelven recursos potenciales para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. Con este beneficio sobre el control de este sector estratégico, el país asegura el tener un medio capaz de generar crecimiento y desarrollo económico y social a partir de un elemento estable e independiente.
La reforma presentada por Peña Nieto abre a las empresas privadas la posibilidad de competir con PEMEX en la generación de productos de consumo originados por el gas y el petróleo. Es decir, la iniciativa privatiza un sector de la industria petrolera y de gas. Para este debate se cruza otro tema, las insalubres cuentas de la paraestatal, el alto índice de corrupción que, resaltemos, no se genera por si sólo, se genera con la complicidad de los altos funcionarios del gobierno federal.
El saneamiento del funcionamiento de la paraestatal no se dará con la competencia, ésta será más bien el principio de su premeditado fin. La mejora de PEMEX está en los intestinos de la misma sociedad, hay individuos más responsables que otros para los cuales se pueden generar mecanismos efectivos de contención. La complicidad de los gobiernos con la cúpula sindical, la conciente y asidua búsqueda por desestructurar la paraestatal, nos hacen nombrar prácticas puntales que nos ayudan a visualizar rostros y nombres conocidos, sin embargo, no hay que desestimar el hecho de que las practicas políticas son en realidad prácticas sociales. El político mexicano es corrupto no porque los políticos sean corruptos por si mismos, si no más bien, porque los mexicanos lo son, los políticos llevan a cabo las mismas prácticas que el ciudadano corriente. Los regímenes políticos, y las prácticas institucionales no son estadíos naturales, son invenciones humanas que legitiman los mismos individuos.
La reforma energética presentada por Peña Nieto es un acto más dentro de la agenda política impuesta desde los organismos internacionales. Es una política económica para concentrar las ganancias dentro de las empresas que monopolizan la tecnología y que establecen las relaciones de dependencia entre los países del centro y los países de la periferia. Es una reforma que pretende acotar las funciones del Estado y reducir su capacidad de dar servicios públicos.
Aqui no satanizamos a la iniciativa privada, lo que pretendemos hacer es resaltar el papel relevante que deben jugar las instituciones públicas que se encargan del bienestar común. Recordemos que a pesar de los servicios que la iniciativa privada tenga, ésta abiertamente tiene un objetivo particular y no comunal. Nuestros esfuerzos deben concentrarse hacia encontrar una fuerza pública que pueda armonizar nuestra convivencia, que nos vincule con los otros para afrontar los problemas comunes.
La reforma energética no busca ser una fuerza centrípeta, por el contrario su paradigma está enclaustrado en la generación de una fuerza centrífuga que aleje cada vez más a los individuos. Si bien el empoderamiento del individuo es deseable, también es peligroso olvidar que éste se encuentra irremediablemente insertado en uno o varios grupos humanos y que su superviviencia depende de la fuerza de los otros en consonancia con la suya. El Estado no debe convertirse en el Leviatán de Hobbes, que decide por sobre el individuo. Pero tampoco tiene que ser el siervo del liberalismo. El Estado es una institución que, por ahora, a pesar de la crisis que vive, juega un papel de cohesión y fuerza social, y que al reconocerlo tenemos que dotarle de los mecanismos para que pueda actuar por el bien común.